*Por Gilda Santarsiero
El jueves 6 de agosto se cumplieron 52 años desde que la mujer de la foto, mi mamá, puso el cuerpo para que yo diera mi primer respiro. Hoy hace ocho días que yo puse el mío a su lado para acompañarla a dar el último.
¿Fue trágico? No. Es natural que los hijos sobrevivamos a nuestros padres.
Lo que fue trágico, doloroso e inhumano fue el entorno en el que mi mamá, a los 82 años, tuvo que atravesar sus últimos días: un sistema de salud colapsado, en el que los profesionales hacen enormes esfuerzos con recursos que muchas veces resultan insuficientes.
Norma, mi madre, pasó sus últimos 26 días una institución médica ubicada en el centro de Bariloche que atiende a los afiliados de PAMI que requieren internación en la ciudad.
Durante esos días:
• Durmió en un depósito de insumos médicos mientras esperaba una habitación.
• Usó una cama con sábanas y abrigo que tuve que llevar desde mi casa por faltantes de estos elementos en el hospital.
• Ingresó por una afección vesicular y terminó sufriendo un ACV isquémico en una habitación común, sin monitoreo.
• Tuve que aprender a rotarla y a cambiarle los pañales porque el personal de enfermería no daba abasto.
• Tuve que aprender a esquivar jeringas olvidadas entre las sábanas para poder abrazarla.
• Tuvimos que contratar enfermería privada durante la noche por temor a que quedara desatendida.
Seis horas antes de su muerte, el pasado viernes 31 de julio, tuve que golpear la puerta de la Sala de Médicos porque mi mamá llevaba horas ahogándose y no teníamos respuesta asistencial.
La abracé y le pedí perdón por no tener otra opción en la ciudad y por haberla llevado a ese lugar.
Y casi tan ahogada como ella, pero en mi propia angustia, le juré que iba a ser la guardiana de su dignidad.
Mi mamá era afiliada de PAMI.
En 2023, a causa de un tumor renal, fue intervenida con éxito en la Fundación Intecnus, institución en la que trabajo orgullosamente como agente de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), organismo al que pertenezco desde 2008.
Allí recibió una atención impecable, gracias a un Servicio de Internación y Quirófano de excelencia y a un equipo humano y médico brillante.
Por eso, cuando el pasado 5 de julio mi mamá volvió a necesitar una internación, me dolió profundamente saber que Intecnus ya no era una opción. El Servicio de Internación y Quirófano había sido cerrado.
𝗬 𝗲𝘀 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗲𝘀𝗲 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿 -𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗵𝗶𝗷𝗮, 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗰𝗶𝘂𝗱𝗮𝗱𝗮𝗻𝗮 𝘆 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗮𝗱𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼́𝗻- 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗹𝗮 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗲𝘅𝗽𝗿𝗲𝘀𝗮𝗿𝗺𝗲.
En abril de este año se informó que 𝗹𝗮 𝗜𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗯𝗮 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗿𝗲𝘀𝘁𝗮𝗯𝗹𝗲𝗰𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗯𝗿𝗲𝘃𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲.
Públicamente, las autoridades de ese momento sostuvieron que 𝗮 𝗹𝗮 𝘀𝗶𝘁𝘂𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗳𝗶𝗻𝗮𝗻𝗰𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲𝘀𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗮𝗻𝗲𝗷𝗮𝗯𝗮 𝗲𝗹 𝗦𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼, 𝘀𝗲 𝘀𝘂𝗺𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗽𝗿𝗲𝘀𝘂𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗡𝗘𝗔, y que a eso también se debía el cierre.
Me permito manifestar no estar de acuerdo con la afirmación de que la CNEA haya desfinanciado a Intecnus hasta obligar al cierre de estas áreas. Durante los últimos dos años el Estado Nacional continuó realizando inversiones en infraestructura, aulas y actualización tecnológica.
Por eso, entiendo que el cierre de Quirófano e Internación fue una decisión de gestión que merece ser discutida mucho más profundamente que desde una simple ecuación de viabilidad económica. Porque no estamos hablando solamente de camas, quirófanos o metros cuadrados. Estamos hablando de un proyecto sanitario que fue pensado para Bariloche y la región. Y, especialmente, estamos hablando de pacientes.
Por citar un área troncal, uno de los principales campos de atención oncológica de Intecnus es el cáncer de mama, el tumor más frecuente en las mujeres. Muchas mujeres diagnosticadas a tiempo pueden salvar sus vidas gracias a un abordaje que incluye diagnóstico, evaluación interdisciplinaria, cirugía y otros tratamientos.
Para eso se necesitan mastólogos y cirujanos como los que tiene Intecnus. Se necesita una Unidad de Mastología acreditada por sociedades médicas de prestigio -la Unidad de Intecnus obtuvo esa acreditación luego de tres años de trabajo, integrando una selecta veintena de unidades acreditadas en el país- y se necesita también infraestructura que permita completar ese proceso: Quirófano e Internación.
Por eso, a mi entender, la discusión no debería reducirse a “Internación y Quirófano sí” o “Internación y Quirófano no”.
La verdadera discusión es otra: ¿𝗤𝘂𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘂𝗻 𝗮𝗯𝗼𝗿𝗱𝗮𝗷𝗲 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗴𝗿𝗮𝗹 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝗮𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗼𝗻𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼? ¿𝗦𝗶́ 𝗼 𝗻𝗼?
Intecnus fue creada para administrar y operar el Centro Integral de Medicina Nuclear y Radioterapia de Bariloche. E “integral” significa, entre otras cosas, que el paciente pueda transitar la mayor parte posible de su camino dentro de una misma institución, con procesos de diagnóstico y tratamiento coordinados, sincronizados e interdisciplinarios.
Entiendo que toda institución debe tomar decisiones y administrar responsablemente sus recursos. Pero también creo que algunas decisiones deben ser revisadas a la luz de aquello para lo que una institución fue creada y, sobre todo, de las necesidades de la comunidad a la que debe servir. 𝗣𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗺𝗽𝗹𝗶𝗮𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗮𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗮𝗻𝗶𝘁𝗮𝗿𝗶𝗮 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿𝗶́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝘃𝗶𝘀𝘁𝗼 𝘂́𝗻𝗶𝗰𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝘀𝘁𝗼. 𝗧𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗲𝗻 𝘀𝗮𝗹𝘂𝗱, 𝗲𝗻 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮 𝘆, 𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲, 𝗲𝗻 𝗱𝗶𝗴𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱.
Mi mamá no murió por decisión de Intecnus. Quiero ser absolutamente clara en esto. No responsabilizo a sus autoridades por su fallecimiento. Pero sí me pregunto qué habría sucedido si, cuando mi mamá necesitó nuevamente una internación, hubiese existido en Bariloche una alternativa como aquella en la que había sido atendida con excelencia en 2023 como paciente oncológica.
No puedo responder esa pregunta. Y justamente por eso no puedo dejar de hacerla.
Lo que sé es que mi mamá merecía atravesar sus últimos días con atención, cuidado y decencia. Y que ninguna familia debería tener que llevar sábanas y abrigo desde su casa, contratar enfermería privada para evitar que un ser querido quede desatendido o golpear desesperadamente una puerta buscando ayuda mientras esa persona se está ahogando. Más aún cuando en la misma ciudad hay una infraestructura instalada con diez camas, monitores para seguimiento de signos vitales y carros de paro, entre otras tantas capacidades. Pero lamentablemente esa infraestructura -en cuyo acceso aún debe estar colgada una placa que reza agradecimiento a la CNEA, al gobierno de Río Negro, a la Fundación Arelauquen y a la Fundación Balseiro por los aportes realizados para que fuera posible ponerla en marcha- hoy está cerrada.
Sé también que los trabajadores y los profesionales de la salud que estuvieron junto a mi madre hicieron, en muchos momentos, todo lo que estuvo a su alcance dentro de un sistema desbordado. Mi crítica no está dirigida a ellos. 𝗘𝘀𝘁𝗮́ 𝗱𝗶𝗿𝗶𝗴𝗶𝗱𝗮 𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗱𝗲𝘁𝗲𝗿𝗺𝗶𝗻𝗮𝗻 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝗮𝗹𝘂𝗱 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗲𝗻 𝘆 𝗰𝘂𝗮́𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗻 𝗱𝗲 𝗲𝘅𝗶𝘀𝘁𝗶𝗿.
𝗣𝗼𝗿 𝗲𝘀𝗼, 𝗮𝗹 𝗜𝗻𝗴. Gustavo Gennuso, 𝗱𝗲𝘀𝗶𝗴𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗿𝗲𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗶𝗱𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗰𝗻𝘂𝘀 𝘆 𝘃𝗶𝗰𝗲𝗽𝗿𝗲𝘀𝗶𝗱𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗡𝗘𝗔, 𝗹𝗲 𝗽𝗶𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗽𝗹𝗶𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗹𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝘇𝗴𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗲́𝗹 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗽𝗿𝗼𝗰𝗹𝗮𝗺𝗮: 𝘂𝗻 𝗹𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝘇𝗴𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮, 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲 𝗲𝗻 𝗲𝗾𝘂𝗶𝗽𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗯𝘂𝘀𝗰𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗲𝗻𝘀𝗼𝘀 𝘆 𝗾𝘂𝗲 𝗶𝗻𝗰𝗼𝗿𝗽𝗼𝗿𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗶𝗻𝘁𝗮𝘀 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗮𝘀.
𝗟𝗲 𝗽𝗶𝗱𝗼 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗱𝘂𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗶𝗻𝘀𝘁𝗶𝘁𝘂𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗲 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘆 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗳𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗶𝗰𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗱𝗲 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗰𝗻𝘂𝘀 𝘂𝗻 𝗿𝗲𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗺𝗲́𝗱𝗶𝗰𝗼 𝘆 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼. 𝗤𝘂𝗲 𝘃𝘂𝗲𝗹𝘃𝗮 𝗮 𝗮𝗯𝗿𝗶𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗰𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮, 𝗮𝗺𝗽𝗹𝗶𝗮 𝘆 𝘀𝗶𝗻𝗰𝗲𝗿𝗮 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗲𝗹 𝗳𝘂𝘁𝘂𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗲𝘀𝘁𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼𝘀. Y, si de esa discusión surge la necesidad de recuperar el Servicio de Internación y reabrir los Quirófanos, que se tenga el coraje de hacerlo.
Lo pido como ciudadana.
Lo pido como trabajadora de la CNEA.
Lo pido como alguien que cree profundamente en el proyecto que Intecnus representa.
Pero, sobre todo, lo pido como hija de Norma De Piro, una mujer que merecía terminar sus días rodeada de cuidado y dignidad.













