La Patagonia ingresó en una fase inédita de su historia ambiental. No se trata de una temporada excepcional ni de una seguidilla de accidentes aislados, sino de un cambio estructural en el comportamiento del fuego. Así lo describe el biólogo e investigador del CONICET, Thomas Kitzberger, quien desde hace años estudia la dinámica de los incendios forestales y advierte que la región ya atraviesa una “nueva normalidad”.
“Hace ya bastantes años que venimos alertando de esta situación. Los modelos y las tendencias climáticas se traducen en incendios más grandes, que duran más días, más severos y más intensos”, explicó en una entrevista con Nada Personal en Voz Radio. El diagnóstico no es nuevo, pero sí cada vez más contundente: el fuego cambió de escala.
Kitzberger señala que, si bien la Patagonia ya había atravesado sequías severas en el pasado —como en la década del 40—, lo que distingue al escenario actual es la frecuencia. “No es que no haya habido incendios tan extremos antes, pero ahora se repiten con mucha más regularidad. Estamos viendo situaciones de riesgo extremo cada vez más frecuentes”, sostuvo.
Ese quiebre, según el investigador, puede fecharse con bastante precisión. “A partir de más o menos 2015 en adelante estamos entrando en una nueva normalidad: casi todos los años tenemos incendios que, sumados, superan las 10.000 hectáreas”. Los números refuerzan la advertencia: 2015 registró los incendios más grandes de la historia documentada y, en 2023, se quemaron más de 30.000 hectáreas en la región.
La trampa climática: más combustible y más igniciones naturales
El fenómeno no responde a una sola causa. Kitzberger describe una verdadera “trampa climática” donde confluyen factores biológicos, productivos y meteorológicos. Por un lado, los bosques patagónicos están “muy saturados de biomasa”, en gran parte altamente combustible. “Tenemos una acumulación enorme de material vegetal seco, producto de décadas sin manejo forestal adecuado y de extensas plantaciones exóticas”, explicó.
En ese contexto, las grandes masas de pinos funcionan como “bombas de tiempo”. Aunque existen iniciativas de control —como la red Pinos—, el investigador advierte que los esfuerzos actuales son insuficientes frente a la magnitud del problema.
A ese escenario se suma un dato clave que suele pasar desapercibido: el aumento explosivo de las tormentas eléctricas. “En los últimos 75 años aumentó 18 veces el número de incendios causados por tormentas eléctricas”, detalló. Y aunque el ser humano sigue siendo el principal iniciador del fuego, la naturaleza ganó peso en el resultado final.
“El 95% o más de las igniciones las causa el ser humano, pero hoy la estadística muestra que más o menos la mitad del área quemada anual se produce por tormentas eléctricas. Entonces, somos corresponsables con la naturaleza de producir grandes incendios”, afirmó.

Menos caza de culpables y más planificación
Frente a este escenario, Kitzberger plantea un cambio profundo de enfoque. Para el científico, insistir únicamente en la búsqueda de responsables o en el combate heroico del fuego es insuficiente. “Tenemos que dejar de pensar solo en apagar incendios y empezar a trabajar seriamente en reducir la vulnerabilidad”, remarcó.
Ese trabajo, explicó, debe darse en distintas escalas. A nivel global, resulta indispensable mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero. En el plano nacional y provincial, la clave está en la planificación del paisaje, especialmente en las zonas de interfase urbano-forestal, y en la reducción sistemática de combustibles. Y, a nivel individual, cada persona debe asumir la responsabilidad de proteger su vivienda y su entorno inmediato.
“Insto a la población y a los cuerpos de combatientes a que, cuando no estamos en temporada de incendios, trabajemos sobre planes de reducción de combustibles. Todo eso va a redundar en una menor vulnerabilidad”, señaló.
Convivir con el fuego, no eliminarlo
Uno de los conceptos más incómodos —pero centrales— que plantea Kitzberger es la imposibilidad de erradicar el fuego del paisaje. “Tenemos que ser conscientes de que no vamos a poder eliminar el fuego. Tenemos que convivir con el fuego. Es nuestra nueva realidad y lo que tenemos que hacer como sociedad es adaptarnos”, afirmó.
Incluso el rol de los combatientes se redefine frente a incendios extremos. “No creo que la acción del hombre vaya a reducir la cantidad total de hectáreas quemadas, porque estamos en esta realidad climática. Cuando los incendios son extremos, los brigadistas priorizan salvar vidas y bienes, no la superficie”, explicó.

Un problema global y la sombra del negacionismo
Lo que ocurre en la Patagonia no es una anomalía local. Según Kitzberger, el mundo atraviesa una redistribución del calor y la humedad a escala planetaria. Regiones como Australia, California, España, Grecia y Chile enfrentan dinámicas similares, mientras que otras zonas —como el norte argentino o el sudeste de Brasil— reciben más lluvias, aunque muchas veces concentradas en eventos extremos que no benefician a la vegetación.
En ese contexto, el investigador se mostró especialmente crítico con las posturas negacionistas. “Es un poco frustrante. Negar algo que está afirmando el 99% de la comunidad científica resulta muy loco. Si no partimos de ese diagnóstico común, no tenemos mucho para hablar”, advirtió.
Sin embargo, lejos del pesimismo, apuesta a un camino alternativo: la presión social. “La comunicación tiene que ir de abajo para arriba. La opinión pública tiene que empujar a los gobernantes. Si no, vamos a seguir llegando tarde”, concluyó.













