Hay una fecha que Fernando Núñez no discute, aunque el documento diga otra cosa. No es una metáfora ni una frase hecha: es un hito real, un punto de quiebre que se le grabó con precisión quirúrgica en la memoria. “Mi otra fecha de nacimiento es el 25 de abril”, dijo al aire, en Voz Radio, con la serenidad de quien ya atravesó la tormenta y mira el mundo desde un lugar distinto.
Tiene 56 años, es periodista, y la última vez que había pasado por ese micrófono no imaginaba que la rutina puede romperse en segundos, sin aviso, sin épica, sin margen para negociar. Lo contó con una reflexión que funciona como prólogo de todo lo que vino después: uno cree que al otro día se repite el guion, hasta que la realidad se planta y lo desmiente. Ese mediodía, casi a la una, la vida le escribió otra historia.
El vuelco en la Ruta 23 y los dos recuerdos que le quedaron
El accidente ocurrió en la Ruta 23, cerca de Comallo, en un tramo todavía de ripio, donde “la ruta era muy ancha”. Fernando recuerda apenas dos escenas, como fotos sueltas de una película que se cortó de golpe.
La primera es el instante previo: el auto que empieza a irse para un costado y para el otro; él, volanteando; y su propia voz repitiendo casi como un rezo desesperado: “No, no, no, no, no”. Después, nada.
La segunda imagen es la de estar tirado en el piso. Boca arriba. Sin poder moverse. Con el frío empezando a invadirlo y con el cielo como techo. A un costado, su acompañante, Juan Almonacid, acercándose con sangre en la frente y una certeza lúcida: “Voy a buscar ayuda porque acá no nos va a ver nadie”. Fernando le pidió apenas algo elemental, humano, primario: “Juan, tirame una campera algo arriba porque estoy sintiendo el frío fuerte”.
No había lluvia ni tormenta. Era un día que se iba nublando, sí, pero antes del desastre había sido “un sol de mañana espectacular”. Aun así, en esa espera inmóvil, el clima cambió: con el ojo derecho al descubierto mirando el cielo -porque la campera le tapaba parte del rostro-, empezó a caer una nevisca leve. Fue allí cuando le apareció un pensamiento que no salió desde la desesperación, sino desde una calma extraña: “Bueno, es hasta acá, hasta acá llegué”.
No gritó, no pataleó, no tuvo pánico. Estaba convencido. Y lo decía con total sinceridad: creyó que era el final.
Después se desvaneció. Recuperó el conocimiento cuando escuchó una sirena, lejos, como si viniera desde otro mundo. La primera voz que recuerda con nitidez fue la de una bombera, de Pilcaniyeu, que lo sacudía con urgencia: “Vamos, no te duermas, despertate”.
Calcula que pasó cerca de media hora hasta que Juan logró llegar a la ruta para pedir ayuda. El auto se había desbarrancado y dado “un par de vueltas”. Para entonces, Fernando todavía no dimensionaba el mapa completo de su cuerpo roto.
Llegó al Hospital de Bariloche alrededor de las cuatro de la tarde. Allí, entre la confusión, se aferró a dos presencias que funcionaron como ancla: la voz de su hijo, Juan Cruz, y María, que le preguntó si le dolía algo. Fernando respondió casi minimizando, con una frase que hoy suena imposible: “Un poquito el hombro y la panza”.
Fue entonces cuando se impuso una prueba íntima, decisiva: intentó mover los dedos de los pies. Y pudo. Ese gesto mínimo -un movimiento que para cualquiera es automático- fue para él una señal de supervivencia. “Ahí dije: ‘No, acá yo no me quedo’”, recordó.
Luego fue trasladado al Sanatorio San Carlos. Allí, según contó, el pronóstico inicial era sombrío: “Decían que era imposible que pasara la noche”.
El diagnóstico brutal: neumotórax, costillas hundidas y un cuerpo quebrado
Las lesiones eran múltiples y graves, pero hubo una que marcó la urgencia: un hundimiento de costillas en el lado izquierdo que comprometió el pulmón. “Lo más grave era un hundimiento de costillas en la zona izquierda que afectaron al pulmón (neumotórax)”, explicó.
El resto del cuerpo parecía no responder a la lógica. Su hombro y brazo izquierdo, describió, “parecían de plastilina”. Las piernas no las sentía. Tenía la cadera rota -y no era un detalle menor: ya tenía dos prótesis-, además del acetábulo, las rodillas y las tibias. “Estaba roto en muchas partes”, resumió, sin dramatismo, como quien ya lo contó tantas veces que la voz aprendió a no temblar.
La prioridad fue estabilizarlo por la lesión del pulmón. Le colocaron un drenaje. En el San Carlos, explicó, lograron sostenerlo y preparar rápidamente lo que parecía inevitable: el traslado a Buenos Aires.
El aprendizaje de la paciencia
El destino fue el Instituto Fitz Roy en Buenos Aires. Allí, Fernando atravesó lo que define como una experiencia profesional “alucinante”: “Incluso regeneraron partes de mi cuerpo”, afirmó. Pero junto con la técnica, se le quedó grabada otra cosa, menos visible y más profunda: la vocación.
En su relato aparece un homenaje constante al personal de salud, no como discurso prefabricado, sino como constatación diaria desde la cama. “La enfermera, la mucama, el kinesiólogo, el cirujano… la entrega de esa gente con salarios rozando la pobreza es impresionante”, dijo.
Vivió ocho meses en ese instituto. Ocho meses que, contra toda intuición, describe como un tiempo de transformación. “Me sirvieron para un ejercicio de amigarme con la paciencia”, explicó.
Durante los primeros dos meses no pudo moverse. Lo bañaban. Le cambiaban el pañal. Su relato se construye desde el aprendizaje: cada avance era una victoria. Sentarse por primera vez en la cama -aunque viniera el mareo- fue uno de esos primeros triunfos.
Después llegó el paso hacia la silla de ruedas, con ayuda de camilleros. Y Fernando insistió en un punto que atraviesa todo su testimonio: nada fue individual. “No fue un equipo. Es el mensaje que recibís, las cadenas de oración en Bariloche, el grupo de cirujanos… todo juntos”, relató, reivindicando ese entramado invisible que se arma cuando alguien se está cayendo y otros, desde distintos lugares, sostienen.
El pulmón siguió siendo el gran obstáculo. Tuvo una infección. Estaba “dopadísimo”. En un momento clave, un médico de terapia insistió en entrar a quirófano para limpiar el pulmón antes de avanzar con las cirugías de caderas. Ese procedimiento permitió que el resto de los pasos empezaran a acomodarse.
La recuperación fue una suma de escalones. Uno por uno. Un paso a la vez.. Y así, después de ocho meses, volver a salir a la calle tuvo algo de liberación. Fernando recuerda un instante pequeño, casi poético: cuando pudo salir a la terraza en silla de ruedas, empezó a lloviznar y se sorprendió disfrutándolo. “Qué linda la lluvia esta”, dijo.
Una nueva forma de mirar lo cotidiano
Hay una pregunta que siempre aparece, como un dilema: cómo sostener esa percepción y no volver a anestesiarse en la rutina. Fernando respondió con una frase que descoloca por su potencia: “Aunque suene contradictorio, ese año con esos ocho meses incluidos ha sido el mejor año de mi vida”.
No lo dijo para romantizar el dolor. Lo dijo porque en ese tiempo, entre fracturas, operaciones y rehabilitación, descubrió una forma más consciente de habitar lo que antes pasaba desapercibido. Hoy, al respirar el fresco de la mañana, se escucha pensando: “Esto es la vida”.
El cinturón de seguridad: el error que lo cambió todo
Fernando no esquivó la autocrítica. Contó que le había puesto cuatro cubiertas nuevas al auto y cambiado un espejo. Pero dejó un mensaje directo, sin vueltas, como consejo de amigo: cuidado con sentirse superior al vehículo en el que uno se sube.
“El cinturón de seguridad hay que ponérselo aunque vayamos a la esquina. Yo ahí fallé”, dijo. Y agregó, con honestidad: probablemente la historia habría sido otra si lo llevaba puesto. Pero le tocó atravesar esta película.
En su voz, esa frase no es culpa sino advertencia. Es conciencia convertida en mensaje público. Un intento de que el golpe -su golpe- sirva para evitar otro.
Entre sueños, familia y un libro en marcha
Mientras estuvo internado, Fernando vivió una especie de desdoblamiento emocional: soñaba todas las noches que estaba en Bariloche y tenía que llegar al Fitz Roy porque si no “se quedaba sin cama”. La mente, incluso en reposo forzado, seguía en modo supervivencia.
En ese recorrido, su hermana Vero fue un sostén clave. Hizo “todo el aguante”, dijo. Y hay escenas que, aún en el drama, se vuelven humanas y hasta cómicas: cuando estaba medicado, arrancaba con discursos y se juntaban a ver al “loco este”, como si su cama se hubiera convertido en un teatro espontáneo.
Hoy intenta poner todo eso en palabras. Está escribiendo un libro: va por el capítulo 15. Y no lo hace para contarse a sí mismo, sino para dejar un mensaje. Para que ese 25 de abril -su segundo nacimiento- no sea solo una fecha personal, sino también una advertencia, un agradecimiento y una invitación a mirar la vida con más presencia.













