En un escenario marcado por incendios forestales cada vez más intensos y difíciles de controlar, el doctor en Biología y técnico del CONICET, Javier Grosfeld, planteó una advertencia tan técnica como incómoda: el problema no se limita al fuego ni a quienes lo inician, sino a un ecosistema alterado que quedó preparado para arder.
En diálogo con Voz Radio, Grosfeld puso el foco en el pino radiata, una especie exótica introducida en distintas zonas de la cordillera —como Puerto Patriada— que, lejos de ser un actor pasivo, cumple un rol central en la propagación y amplificación de los incendios. “Es una especie perfectamente adaptada al fuego. Sus conos se abren con el calor, explotan y liberan cientos de semillas”, explicó.
Una especie diseñada para multiplicarse tras el fuego
A diferencia de la vegetación nativa, el pino radiata no solo sobrevive al incendio: se beneficia de él. Sus piñas, extremadamente compactas, reaccionan ante el calor extremo liberando miles de semillas por metro cuadrado. “Después del incendio, en pocos años podemos tener cientos de miles de árboles por hectárea. Eso genera lo que llamamos un muro verde”, detalló.
Ese “muro” no es solo visual. Se trata de una estructura vegetal densa, compuesta por troncos delgados y una base saturada de ramitas finas y secas. En términos técnicos, un combustible ideal. “Todo lo que está debajo de esa columna es material altamente inflamable. Cuando vuelve el fuego, se vuelve prácticamente incontrolable”, advirtió.
El impacto no se limita a la dinámica del incendio. Tras el paso del fuego, la regeneración acelerada del pino radiata desplaza a las especies nativas, que no logran competir con esa velocidad de crecimiento. El resultado es un ecosistema empobrecido, homogéneo y cada vez más propenso a incendios explosivos.
El desequilibrio estructural: combatir casi todo, prevenir casi nada
Grosfeld fue especialmente crítico con la forma en que el Estado asigna recursos frente al problema. Según explicó, entre el 95% y el 98% del presupuesto vinculado a incendios forestales se destina al combate, mientras que la prevención ocupa un lugar marginal. “Es un sinsentido desde el punto de vista técnico”, sostuvo.
En ese punto, citó las recomendaciones de la FAO, que indican que cada dólar invertido en prevención puede ahorrar entre 8 y 30 dólares en el combate posterior. “Lo lógico sería invertir antes. Pero seguimos actuando cuando el incendio ya está en marcha”, remarcó.
Para el investigador, el problema se agrava cuando la discusión pública se reduce a la búsqueda de culpables. “Si cada incendio se analiza solo desde quién lo inició, se pierde de vista un fenómeno muchísimo más complejo. Esto debería ser una política de Estado sostenida en el tiempo”, afirmó.
Manejo forestal y economía: convertir el problema en solución
Lejos de plantear una salida exclusivamente presupuestaria, Grosfeld propuso integrar el manejo de especies invasoras a la economía regional. “Esto también tiene que ser un negocio. Si no, el Estado no lo puede sostener solo”, planteó.
La ecuación, explicó, ya existe: en invierno hay una demanda sostenida de leña y biomasa, mientras que al costado de rutas y caminos se acumula material vegetal altamente combustible. “Esa misma demanda es la que podemos ofrecer. Es una responsabilidad como sociedad”, señaló.
Restaurar no siempre es plantar
Uno de los puntos más disruptivos de su planteo es la redefinición del concepto de restauración ecológica. En zonas invadidas por especies exóticas, restaurar no significa necesariamente plantar árboles nativos. “En estos casos, restaurar es sacar plantas”, afirmó.
La clave está en el tiempo. Durante los primeros tres años, las plantas invasoras pueden extraerse manualmente o con herramientas simples. Si no se actúa en esa ventana, el proceso se vuelve exponencialmente más complejo y costoso. “Al principio la sacás con la mano. Después necesitás maquinaria. Y termina siendo más caro que el combate del incendio”, advirtió.
Además, relativizó la capacidad actual de la reforestación tradicional. El año pasado se quemaron unas 55.000 hectáreas de bosque en la región. En contraste, la producción conjunta de los viveros patagónicos alcanza para reforestar apenas unas 200 hectáreas por año. “Es testimonial frente a la escala del problema”, sintetizó.
El factor humano y un clima cada vez más hostil
Grosfeld recordó que el origen del problema sigue siendo mayoritariamente antrópico: el 95% de los incendios son causados por el hombre. Pero advirtió que el contexto climático actual vuelve esos eventos mucho más peligrosos. “Estamos viviendo una era de fuegos muy explosivos, con muchísima energía, cada vez más frecuentes”, dijo.
El pino radiata no está solo. Otras especies invasoras como la rosa mosqueta, la murra, la retama, el arce o el sorbus (serbal) avanzan sobre el sotobosque, alterando la dinámica natural y reforzando un escenario de alta inflamabilidad.
El mensaje final es claro y poco tranquilizador: si no se actúa ahora, se están creando las condiciones para el próximo gran incendio. “Hay que decidir invertir hoy para no preparar el incendio de dentro de diez años”, concluyó.













