“No hay forma de no pasarlo malâ€. Con esa contundencia, la psiquiatra veterinaria María Paz Salinas resume el proceso que atraviesan muchos animales tras la pérdida de un compañero. Lejos de ser un tema anecdótico o reservado al terreno de lo sentimental, el duelo animal es una realidad observable, con implicancias físicas, conductuales y emocionales que pueden volverse patológicas si no se identifican a tiempo.
Durante su participación en el programa Radio Con Vos Patagonia, en el espacio del presidente del Colegio Veterinario de Río Negro (Distrito Zona Andina), Nicolás Ghiglione, Salinas repasó casos clínicos, mitos populares y conceptos clave para entender cómo y por qué perros y gatos sufren la pérdida.
“Lo mismo que pasa en las personas, pasa en los animales: hay un duelo normal y un duelo patológicoâ€, explica Salinas. Y para ilustrarlo, echa mano de un caso célebre: Hachiko, el perro japonés que esperó durante años a su dueño en la estación, sin saber que había muerto. “Hachiko tenía un trasto o de comportamiento. El problema fue que nunca lo vio muerto. Para los animales, la muerte es parte de la vida. Pero necesitan ver, oler, entender que el otro no va a volverâ€.
El vínculo invisible
Salinas relata el caso de Perlita, una gata que desarrolló un “hiperapego†hacia un compañero felino cardiópata. Cada vez que él era inte ado, Perlita dejaba de comer y beber. “Cuando finalmente él no volvió, entró en una depresión crónica. Empezó a pelarse. Lo que estaba haciendo era manifestar un estrés patológicoâ€.
Ese tipo de cuadros, advierte la especialista, pueden derivar en problemas hepáticos, digestivos, urinarios y dermatológicos graves. “No es solo que está triste. Hay que estar atentos. El duelo no siempre se resuelve solo. Algunos individuos no tienen resto para adaptarseâ€.
Una de las claves está en el cambio de rutinas. “Todos los cambios son terribles para los perros. Pasa con una mudanza, pasa cuando lo llevamos a un pensionado, y claro que pasa cuando se va un compañeroâ€, señala. A eso lo llama “desritualizaciónâ€, y es la ruptura del orden cotidiano, de lo predecible. “La predictibilidad del ento o es clave para la adaptación. En ento os impredecibles, los animales generan vínculos de apego compensadores. Si esos vínculos se rompen, el impacto puede ser muy altoâ€.
Y aunque el riesgo suele asociarse a perros con hiperapego, no todos los animales que sufren una pérdida visible entran en esa categoría. La diferencia está en la capacidad de adaptación: cuánto estrés pueden tolerar, cuánto pueden reconfigurar su ento o.
“Todos tenemos una carga que podemos soportar. Los animales también. Los que fueron quitados muy temprano de la madre, los que tuvieron un desarrollo con desapegos, son más vulnerables. La reserva emocional se agotaâ€.
Salinas propone no caer en el juicio rápido sobre la “humanización†de las mascotas: “No porque esté bien, sino porque es inevitable. No podemos inventar un idioma que no conocemos. Entonces usamos lo que tenemos: proyectamos. Y a veces interpretamos malâ€.
Pero eso no significa que los vínculos no existan. “Existen. Y son fuertísimos. Hay animales que mueren de tristeza. Otros logran adaptarse. En los cementerios hay historias del perro que duerme sobre la tumba. Para ellos, el grupo siempre está por encima del individuo. Piensan en función de la supervivencia colectiva. Si fuéramos un 20% más caninos, esto sería un paraísoâ€, reflexiona con humor.
El duelo, aclara, tiene un tiempo razonable para resolverse. Si no mejora, hay que consultar. “El veterinario puede ayudar a detectar si estamos ante un duelo patológico. También hay nutracéuticos —sustancias naturales con efecto antiestrés— que no requieren prescripción, pero deben usarse con criterioâ€.
Incluso la posibilidad de ver al compañero fallecido, si es viable, puede ayudar a “cerrar el cicloâ€. Porque, para los animales, la muerte es natural. Lo que duele es el vacío, la ausencia del otro.
Y esa herida invisible, si no se acompaña, puede dejar marcas tan profundas como en los humanos.
La historia real de Hachiko, el perro que esperó por siempre
Hachiko fue un perro de raza Akita que vivió en Japón durante los años 20 del siglo pasado. Su dueño, un profesor universitario, tomaba el tren todos los días para ir a trabajar y Hachiko lo acompañaba hasta la estación y lo esperaba a su regreso.
Un día, el profesor murió repentinamente en su trabajo. Hachiko volvió a esperarlo todos los días en la estación durante más de 9 años, hasta su propia muerte. Su historia conmovió tanto al pueblo japonés que erigieron una estatua en su honor en la estación de Shibuya, símbolo del amor y la fidelidad canina. Sin embargo, como explicó Salinas, el hecho de no haber presenciado la muerte de su humano fue clave para que su duelo quedara abierto para siempre.













