*Por Nicolás Ghiglione, Veterinario MRN 368
Durante el año y medio en que mantenemos esta columna, y años anteriores, durante alguna entrevista para medios radiales, mientras cumplía mi rol institucional dentro del Colegio Veterinario de la provincia de Río Negro, cada vez que se abordaba el tema Guardias Veterinarias me preocupé por hacer hincapié en un tema que considero importante, la seguridad de mis colegas.
En los últimos años, fomentado, en muchos casos, por genuinas necesidades y, en otros, por manifestaciones violentas en redes sociales, desde la política, creyeron comprender el tema y pretendieron legislar sobre una problemática jamás estudiada ni de la que tuvieran conocimiento. Así, legisladores y concejales pretendieron normar la actividad particular de los profesionales veterinarios en la Provincia y, particularmente, en San Carlos de Bariloche. No fue, en su momento, menor el tono violento y despectivo que varios representantes utilizaron al referirse a los profesionales veterinarios.
¿Por qué no es menor ese dato? Porque esa violencia verbal utilizada, haciéndose eco de muchísimas expresiones brindadas desde la impunidad que se cree tener detrás de un teclado o un dispositivo, siguen cultivando un discurso violento en los usuarios de ciertos servicios. En lugar de “parar la pelota”, evaluar la situación, y estudiar las alternativas, si es que existieran, la política decidió sacarse el problema de encima generando actitudes repudiables.
No son pocos los ataques, amenazas y escraches en medios digitales, redes sociales y hasta en medios televisivos (como ocurre en otras localidades) a los que muchos colegas se ven expuestos hoy en día. Esta exposición es más que el juego al que se expone quien tiene una red social para expresarse o publicitarse; es el resultado de la intolerancia, la violencia y esa creencia en que si algo no gusta o no se tiene el resultado que se desea, en el momento que se pretende, la persona tendrá el derecho de insultar, escrachar o agredir al otro. Lo podemos ver a diario en diversos rubros, diferentes servicios y situaciones; hoy me toca hablar acerca de esa violencia observada y vivida en el rubro de los servicios veterinarios.
Hace unos días, una colega de la ciudad de Bariloche, realizando su trabajo como veterinaria debió vivir una situación de suma violencia verbal, y psicológica, con amenazas de violencia física de parte de una persona, un hombre, que se creyó en el derecho de llevar, a tal punto, su descontento ante un desenlace de una situación de salud de su animal. Pudimos conversar en el piso con la Veterinaria Paula Alessandrini quien, junto a Darío Pawlusiak, desde el año 2003, tienen su consultorio veterinario en la ciudad, para que nos comente lo sucedido y podamos hacer alguna reflexión al respecto.
En sus años como veterinaria, jamás han debido sufrir este tipo de situación vivida por la colega que, en ciertos horarios por fuera de la atención diaria del consultorio, atiende a los casos que requieren atención inmediata. Paula, nos comenta que en estos últimos años ha estado observando cómo, desde las redes sociales y grupos de WhatsApp, ha ido escalando el nivel de agresión hacia nuestros colegas, donde a veces, una experiencia personal se transforma en el insulto, en el menosprecio y en la calumnia hacia los profesionales. Y lógicamente, es de esperar que mientras escala la violencia en las redes, comiencen a aparecer las situaciones de violencia verbal extrema de manera presencial.
Uno podría sospechar que al no existir un freno a lo que se manifiesta libremente en una red social, al no traer consecuencias legales, el próximo nivel es la violencia verbal, las amenazas y la agresión física, y eso, como ya se dijo, es algo que, particularmente, ha sido de mi preocupación en estos años. “No es lo mismo, atender una farmacia en horarios no comerciales, a través de una ventana, que recibir a personas, con su animal en una veterinaria”, tal cual nos comenta la profesional; sumado a que en la atención de urgencia, en la emergencia, los ánimos ya se encuentran alterados, y cualquier situación no deseada puede actuar como disparador de la agresión.
Paula nos comentó que la colega debió soportar las amenazas de agresión física, la amenaza de golpearla por parte de una persona que, minutos antes, había advertido que se dirigiría hasta allí; o sea, tuvo tiempo, a nuestro entender, de pensar, de replantearse si el modo, era el correcto. No lo hizo, evidentemente, y acudió hasta la veterinaria para llevar a cabo su descargo de manera sumamente violenta, haciendo vivir una situación muy angustiante no solo a la colega, blanco de su violencia, sino a otros pacientes que se encontraban esperando a ser atendidos.
Por suerte, Alessandrini, según nos contó el jueves pasado en Va por Vos, logró contactar a un pariente que se pudo acercar rápidamente e intentar calmar al violento; y la llegada, posterior, de la Policía lograron contener la situación. Ante la consulta que le hicimos sobre cómo continuará el episodio, nos adelantó que ya está radicada la denuncia por amenazas y que será, ahora, tema de la justicia. Hay que comprender que toda acción tiene sus consecuencias, y el hombre, deberá afrontar las consecuencias del acto que protagonizó.
No importa que motivó a esta persona a tener esta actitud, esta respuesta; si quisiéramos poner en contexto lo vivido por la colega, de una u otra forma, estaríamos justificando el accionar violento ante este u otro hecho. La intención de la columna, no es un detalle del caso del paciente, sino reflexionar sobre cómo un violento, en una sociedad que va normalizando la violencia digital, verbal, y física encuentra su lugar de acción creyendo que está en su derecho y no habrá consecuencias.
Ya hemos hablado, en otras oportunidades, que cualquier usuario de un servicio profesional, que considere que dicho servicio no cumplió con sus expectativas, o considere que existieron faltas a las normas éticas o que un profesional pueda haber incurrido en una mala praxis médica, está en su derecho de llevar dichos reclamos ante las vías que correspondan. Nunca, una vía, se trata del ejercicio de la violencia; jamás, un escrache, las calumnias, las amenzas y el ejercicio de la violencia física deberán transformarse en la moneda de cambio ante nuestra decepción, desilusión o ante la angustia de perder a nuestros compañeros de vida.
La profesional, nos dejó la reflexión acerca de que “la inmensa mayoría de los profesionales, ejercen su carrera a conciencia, y que se pasan horas conteniendo a los propietarios y tutores de sus pacientes”. No solo atendiendo directamente la salud de los animales sino acompañando minuto a minuto la enfermedad de ellos a través de la contención de las personas ante una noticia o desenlace no deseado.
Perder un paciente no es gratuito para ninguno de nosotros; siempre, eternamente, quedará la sensación de que algo más debimos haber hecho, sufriremos el dolor ajeno, en muchos casos, como propio.
Tras lo sucedido, culminó Paula Alessandrini, han tenido que tomar la decisión de no continuar con la atención fuera de los horarios habituales de la veterinaria debido a este muy mal momento por el que atravesó nuestra colega quien hoy, lógicamente continúa con miedo, intenta ganar nuevamente confianza para ejercer su profesión y quien confiamos en que día a día estará mejor tras este lamentable y repudiable momento de violencia ejercido hacia su persona.













