Falleció Osvaldo Herranz, el hombre que sentó las bases del fútbol infantil en Bariloche. Creador de la Asociación de Fútbol Infantil Bariloche (AFIB), su nombre quedó para siempre ligado a la construcción de un espacio que transformó la vida de miles de niños y jóvenes.
Hoy, la Capital de los Lagos del Sur despide a una de las figuras más trascendentes —y silenciosas— de su historia deportiva y social.
Hablar de fútbol infantil en la ciudad es, inevitablemente, hablar de él. Herranz fue sinónimo de compromiso, paciencia y construcción colectiva, con una vocación inquebrantable puesta en los chicos.
Fue un hombre incansable, reflexivo y sereno. De andar lento y memoria prodigiosa, jamás levantó la voz ni buscó protagonismo. Pensaba antes de hablar y, cuando lo hacía, dejaba enseñanzas. Su legado es inmenso: miles de niños y adolescentes encontraron en el fútbol un espacio de contención, aprendizaje y valores gracias a su trabajo.
Nacido el 31 de mayo de 1928 en Villa Urquiza, provincia de Buenos Aires, hijo de Celedonio Herranz y Raquel Amat, llegó a Bariloche en 1974. Casado con Clotilde Baini, fue padre de Alfredo, quien lo impulsó a involucrarse de lleno en el fútbol infantil, y abuelo de Jeremías y Axel. Ese lazo familiar fue también el motor de una obra que trascendió generaciones.
Cuando arribó a la ciudad, el fútbol infantil era fragmentado y desorganizado. Herranz fue uno de los grandes impulsores de un proceso que permitió darle estructura, continuidad y sentido. Junto a otros pioneros, entendió que el objetivo no era ganar campeonatos, sino sacar a los chicos de la calle, integrarlos y formarlos como personas.
Así nació la Asociación de Fútbol Infantil, una entidad que no dejó de crecer y que marcó un antes y un después en la historia deportiva local.
Recorrió barrios, buscó canchas, organizó torneos de verano e invierno y promovió la integración y la confraternidad entre clubes de la ciudad y la región. Fue artífice de verdaderos hitos, como los torneos barriales, el Torneo de la Confraternidad y el torneo promocional recreativo, donde no había campeones ni derrotados: solo chicos jugando y siendo felices.
Osvaldo Herranz solía decir que su etapa fue cuantitativa: reunir la mayor cantidad posible de niños y adolescentes. Llegaron a ser cerca de 3.000 chicos participando del fútbol infantil. Pero esa masividad estuvo acompañada de una profunda convicción formativa: el fútbol como herramienta para enseñar compañerismo, amistad, honestidad y trabajo.
Muchos de aquellos chicos llegaron a primera división; otros siguieron distintos caminos. Pero, como él mismo comprobó con orgullo, la mayoría se convirtió en buena gente.
Fue también un pensador del fútbol infantil. Alertó sobre la necesidad de articular a todos los actores —dirigentes, técnicos, árbitros y padres— y reclamó mayor compromiso del Estado y del sector privado. Creía en la capacitación, en la unidad y en dejar de lado los intereses individuales. Para él, el partido era apenas un medio; el verdadero fin era la formación humana.
Agradecido hasta el final, recordó siempre a quienes lo acompañaron en ese largo camino: dirigentes, delegados, técnicos, padres y clubes barriales que hicieron posible una construcción colectiva ejemplar. Nunca se puso por encima de nadie. Siempre habló en plural.
Hoy Bariloche pierde a un dirigente fundamental, pero gana para siempre su ejemplo. Osvaldo Herranz deja una huella profunda, hecha de trabajo silencioso, valores y miles de historias que comenzaron detrás de una pelota.
Su legado vive en cada cancha, en cada pibe y en cada gesto solidario del fútbol infantil de la ciudad.
Simplemente, gracias.
(Martín Leuful)













