La advertencia llegó desde un organismo poco acostumbrado a pronunciarse sobre temas “del espacio”: la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos (FAA) emitió una alerta de seguridad por el riesgo que representa la basura espacial. El asunto, que hasta hace poco parecía reservado a misiones y satélites, empieza a rozar -literalmente- a la aviación comercial. Y en Bariloche, la explicación técnica tuvo voz propia: el ingeniero aeroespacial barilochense Julián Carloni analizó en Voz Radio el alcance de un fenómeno que crece en silencio pero que obliga a las aerolíneas a ajustar rutas y protocolos.
Carloni explicó que la advertencia no se limita a los objetos viejos que ya orbitan la Tierra, sino también a los restos de fallas en lanzamientos modernos. “Se refiere tanto a la basura que justamente está orbitando nuestro planeta, como también a los restos que puedan quedar de lanzamientos fallidos… alguna explosión”, señaló. Y completó: “Se tiene en cuenta esas dos cosas, tanto las que están orbitando como las que no llegan a órbita y caen antes y vuelven a caer”.
Millones de fragmentos a velocidades extremas
El problema, advirtió, no es solo la cantidad, sino la energía que acumulan esos residuos al desplazarse a velocidades descomunales. Basado en cifras vinculadas a la red de vigilancia espacial de Estados Unidos, Carloni detalló que hay más de 40.000 objetos rastreables de más de 10 centímetros orbitando el planeta. En la franja intermedia, entre 1 y 10 centímetros, se estima que hay más de un millón. Y por debajo del centímetro, el número escala aún más: más de 15 millones de fragmentos.
Esos tamaños podrían sonar menores en la vida cotidiana, pero dejan de serlo cuando se los combina con velocidad. “La Estación Espacial Internacional orbita a 27.600 km/h. Imagínense que a esa velocidad chocar con otro proyectil que también viene a esa velocidad, sería catastrófico”, explicó el especialista.
Como ejemplo, recordó un episodio que suele citarse como antecedente: en 2009, un satélite de comunicaciones estadounidense colisionó con otro ruso, y esa colisión dejó más de 2.500 fragmentos girando en el espacio. En ese contexto, incluso piezas diminutas pueden resultar peligrosas: “Por más que sea muy pequeño… en estructuras que suelen ser de espesores pequeños, a esa velocidad sí haría un agujero bastante grande”, señaló.
Qué cambia para la aviación: rutas alternativas y más combustible
Aunque todavía no se registran impactos directos de basura espacial en aeronaves, Carloni indicó que ya hubo situaciones en las que se debieron modificar trayectorias de vuelo, y allí está el motivo de fondo de una alerta de la FAA. “No ha habido casos de impacto por basura. Sí han tenido que modificar algunas trayectorias de vuelo, que es por esto por lo que la FAA emite este tipo de alerta”, sostuvo.
Para las aerolíneas, esto abre una nueva variable operacional: planificar rutas con margen para desvíos en tiempo real, contemplar corredores alternativos y prever más carga de combustible por si un avión debe evitar zonas que queden transitoriamente expuestas.
Una de las herramientas mencionadas por el ingeniero es el uso de zonas de exclusión dinámicas, definidas según proyecciones de caída o reingreso de fragmentos. “A medida que ellos van teniendo el estudio de dónde pueden llegar a caer estas partículas, van modificando estas diferentes zonas”, explicó.
Prevenir antes que limpiar: el desafío técnico
La limpieza de la órbita, coincidió, hoy está lejos de ser una respuesta viable. El ingeniero fue contundente: “Hoy en día no hay una solución fácil para sacar todos esos restos de basura de la órbita”. En el debate internacional se han planteado ideas como destruir objetos, pero Carloni advirtió que ese camino podría agravar la situación: “Eso conllevaría más dispersión de basura”.
Por eso, la industria apunta a una estrategia más realista: reducir la generación de nuevos residuos. En esa línea, destacó el avance de cohetes reutilizables que pueden reingresar de forma controlada. “Lo que se está trabajando es en generar la menor basura posible con los lanzamientos de ahora, como SpaceX, que hace que los lanzadores tengan propulsión para poder reingresar a la Tierra y salir de la órbita”, explicó.
El síndrome de Kessler: la advertencia más temida
Entre los escenarios posibles, Carloni mencionó uno que los especialistas describen como una reacción en cadena: el síndrome de Kessler, una situación en la que la acumulación de fragmentos provoca choques sucesivos y una multiplicación de desechos, hasta volver el acceso al espacio prácticamente inviable.
“Debido a la cantidad de basura que podría llegar a haber, ya sería imposible volver a salir a la órbita porque sería como pasar por un campo minado”, graficó. La escena, a la vez tecnológica y distópica, encierra una paradoja: que el ser humano quede frenado en su desarrollo espacial por los residuos de su propia actividad.
El trasfondo de la alerta no es únicamente técnico: es organizacional. En el cierre de su análisis, Carloni remarcó que el desafío obliga a una coordinación más estrecha entre el mundo aeronáutico y el aeroespacial. “Es necesario que ya la industria aeroespacial empiece a trabajar mucho más en conjunto con la industria aeronáutica”, señaló, al describir un escenario en el que el riesgo no viene de una tormenta ni de una falla mecánica, sino de un entorno orbital cada vez más saturado.













