Federico García es un destacado psicoanalista que examina cómo el consumo y la tecnología afectan la vida actual. Su análisis abarca temas como la adicción y el malestar cultural, aportando ideas profundas sobre las conductas humanas en una sociedad impulsada por el consumo y la validación constante.
García sostiene que en la sociedad actual “todos somos adictos de alguna manera”. Las adicciones, explicó, son en esencia formas de vincularse con objetos o actividades que generan un goce inmediato y continuo, como los dispositivos electrónicos o el consumo de sustancias.
Sin embargo, este vínculo tiene una peculiaridad: “prescinde de la figura del otro”, es decir, que se trata de una satisfacción que no requiere la interacción con los demás. Esta situación, según el especialista, no es un fenómeno aislado, sino una característica de la época actual.
Para ejemplificar esta idea, García compara el consumo actual con las estrategias políticas que aprovechan el uso constante de las redes sociales. “Políticos como Donald Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina utilizan estos canales de comunicación para atraer a sus seguidores de manera subliminal, sin realmente conectar con ellos a un nivel más profundo”, explicó.
En el contexto de las redes sociales, el psicoanalista describe cómo los usuarios pueden “perder la cuenta” de cuánto tiempo han estado conectados, o cuántas interacciones han tenido en la pantalla. Este fenómeno, llamado “pausa temporal”, aparece no solo en la tecnología sino en diversas adicciones, como el consumo excesivo de alcohol o el juego. En todas ellas, el individuo entra en un estado de “goce ilimitado” donde pierde la noción del tiempo y de los límites.
Para García, la adicción lleva a una especie de “ausencia” en la que la persona pierde control sobre su conducta, algo que caracteriza a nuestra época. Los dispositivos electrónicos, especialmente el celular, se han vuelto casi inseparables de las personas, en particular de los jóvenes. Esta relación con la tecnología afecta profundamente las relaciones interpersonales, dificultando el contacto directo y sustituyéndolo por la interacción a través de una pantalla.
Contrario a la percepción de que las adicciones son un problema exclusivo de los jóvenes, García enfatiza que afecta a todas las edades. “Hoy a todos nos cuesta crecer”, afirmó, señalando cómo la inmadurez no depende de la edad, sino del tipo de vínculo que se establece con los objetos de consumo y con la sociedad.
Para él, esta “adultez inmadura” se caracteriza por una constante búsqueda de idealización, un deseo de lograrlo todo sin asumir las limitaciones inherentes a la vida adulta. Así, muchos adultos viven un tipo de adolescencia prolongada, con conductas que reflejan más
una etapa de negación que de aceptación de la realidad.
En cuanto a soluciones, García hace una reflexión sobre el rol de los psicoanalistas y profesionales de la salud mental. Para él, la adicción y el consumo compulsivo son “formas de padecimiento” que deben abordarse desde la particularidad de cada sujeto, atendiendo a su historia personal.
Aunque reconoce que no existen respuestas fáciles, García subraya la importancia de hacer visible este malestar y alienta a las personas a “poner en el lazo social” sus problemas y buscar ayuda profesional cuando sea necesario.
Desde una perspectiva social, el psicoanalista enfatiza la necesidad de políticas públicas que prioricen la salud mental. Para García, el malestar actual requiere una inversión en programas de atención psicológica que aborden los problemas de adicción y desgaste laboral desde su raíz.
Para concluir, García señala que la violencia y el consumo compulsivo son dos caras de la misma moneda. La violencia puede ser exte a, manifestándose en interacciones agresivas entre las personas, o inte a, como una agresión hacia uno mismo a través de conductas autodestructivas. Esta autoagresión es, en muchos casos, el motor de las adicciones, que llevan al individuo a una constante búsqueda de satisfacción en un ciclo sin fin.













